Virgen Santa Cruz

La gloria siempre se da a quienes la han soñado siempre

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Don Vieto



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Sobre La Virgen

Anduvo, anduvo.

Volvía ya a su morada. Dirigíase a las escaleras cuando oyó una risa infantil, armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde brotaba aquella risa.

Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre. Sosteníale en uno de sus brazos una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, y abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.

La madre mostraba al niño la gloria, y el niño, en su afán de cogerla, abría los ojos, estiraba los brazos, reía gozoso; y su rostro, real como un dios infante, precioso como un querubín paradiasíaco, queria asir aquella gloria blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.

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